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El Secreto Oculto de Scapin
Por Juan Arabia
Fue en Babel, ciudad de artistas y poetas muertos, donde las vestimentas del joven Crispin, se confundían con las de un cielo azul trazado con los mismos óleos sobre un lienzo. A su lado, Scapin - enemigo mortal de la doble “a” y representante de la misma sátira política - no dejaba de revelarle a sus oídos los secretos ocultos. Ambos conformaban, sin quitarle prestigio a los otros artistas de la obra Les Fourberies de Scapin,, una melodía de Moliére silbada por Honoré Daumier, en el año 1865.
Sin dejar al margen la importancia de los secretos de Scapin, vale recordar, que fue en la misma ciudad de Babel, a finales del siglo XIX, donde se originaron los nuevos movimientos estéticos que llevaron a la actual declinación y precaria sublevación del arte moderno. Eran tiempos en los que las noches eran largas, los sueños pesadillas, y la almohada, un cuchillo que atravesaba la cabeza de Crispin insistentemente. Tiempos en los que el conocimiento se transformó en vanidad, y en el que cada libro o pintura significaba incondicionalmente un precio o una mera distribución de mercancías. Sin embargo, esto no impedía develar ciertas verdades, y mucho menos, si alguien se atrevía a visitar las tierras del extraordinario y refinado Scapin.
Muchos afirman que, este último, antes de nacer, fue bendecido y elegido por un mandato de orden divino. Otros, sin embargo, apuestan en fervor de su virtud a la dedicación, el esfuerzo, la disciplina y el sacrificio. De todas maneras, sea cual sea la forma que consiguió tales atributos, nunca nada puso en duda su sabiduría y elegancia para tratar sobre ciertos aspectos de la metafísica. Junto a él, su amigo Crispin, quien escuchaba sus palabras y lo admiraba rotundamente; conformaban una imagen precisa acerca de las reacciones emotivas de un público ante un secreto novedoso y crepuscular.
Frente a esta misma figura, el destino, interpuso casualmente el mismo camino, pero con una serie heterogénea de actos independientes. Sin embargo, los resultados eran los mismos, ya que cuando uno de ellos encontraba la salida, era otro quien entraba, y así, tuvieron que lidiar con su naturaleza diádica inseparable. Aquél vértigo fijado tan sólo una vez, hizo de los dos una misma estructura. Sin embargo, Scapin la destruyó, tal como una vez Jesús derribó al árbol con su hacha ante la reaparición de Juan Bautista. Uno sólo de ellos dos era una piedra, que quería ser piedra en el agua y morir como tal en ese río de la eternidad. Tan sólo una vez y de manera severa, Scapin advirtió a Crispin que si no acababa con las estructuras, sus piernas serían molidas a golpes, y una vez ellas al derribar sangre, concluiría la misma, en ser lamida o ignorada. Cada uno de ellos creía en el otro, y cada provocación que intentaría de alguna manera acabar con sus tiempos circulares, terminaba en una permutación de uno de estos dos sueños. Las fuentes iban hacia un sólo lugar, hacia un sólo origen, pero existía tan sólo una posibilidad y era tan sólo uno el sacrificio. Así Crispin se cruzó de brazos, y observó lo que irónicamente le indicaba Scapin en secreto. Y él rió, viendo como todo se construía y destruía al mismo tiempo.
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